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CAMINAR, CAMINAMOS...

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Adolfo Enríquez

El ser humano ha sentido desde siempre una profunda e incontrolable necesidad de viajar. En el mundo antiguo era preciso superar un sinfín de obstáculos para afrontar con éxito un viaje. Condicionantes de tipo económico, militar y religioso, principalmente, propiciarán el desplazamiento de grandes contingentes humanos en nuestro entorno cultural occidental a lo largo de la Edad Media. 

De entre los múltiples centros de peregrinación, serán los tres clásicos de la cristiandad, Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela, los que atraigan a un mayor número de personas. Para el caso de los peregrinos, al contrario de lo que acontecía con los soldados y comerciantes, las propias penalidades de andar un duro camino suponían una manera de saldar deudas con la divinidad o de demostrar la buena voluntad y la buena fe a la hora de pedir ayuda material o espiritual una vez alcanzada la meta. La dificultad en el viaje tenía una parte doblemente positiva, al poder ser esa moneda de cambio con la que pagar un favor recibido o un aval para lo que se iba a conceder, pero también suponía un ejercicio altamente instructivo y fortalecedor, sobre todo del espíritu, para poder afrontar con mayor experiencia otro tipo de dificultades. La peregrinación no deja de ser una práctica iniciática, y el esfuerzo y la renuncia, un compromiso inherente al peregrino. Conseguir una meta de una peregrinación ya no se hace exclusivamente por motivos religiosos –que predominaban en tiempos pretéritos-, sino que en este hecho confluyen múltiples intereses, y bien distintos, entre los colectivos de peregrinos que andan un mismo camino. Lo que se impone es la velocidad, el tiempo. 

A pesar de los cambios y mejoras que se han llevado a cabo en la adaptación de infraestructuras de todo tipo para hacer más cómodo el viaje, de lo que no hay duda es del esfuerzo preciso para llegar a la meta predeterminada. Las inclemencias del tiempo, las dificultades del propio camino, la incomodidad de la impedimenta, la soledad, la compañía no deseada, la preocupación por los compañeros... hacen que de cuando en cuando lleguemos a pensar que “caminar, caminamos... pero lo que nos cuesta sólo lo sabemos nosotros”. 

Es precisamente este aspecto de la peregrinación, el esfuerzo, físico y mental, lo que quisimos captar en esta muestra expositiva a través de las fotografías de Adolfo Enríquez (Porto do Son, A Coruña, 1965). Huyendo de los conceptos tradicionales de mortificación, de penitencia, de sacrificio, y otros semejantes, y pensando siempre en positivo, consideramos interesante producir una exposición sobre la peregrinación jacobea en la que se subrayase, de manera insinuante y con delicadeza de sobra, el esfuerzo que el peregrino actual debe realizar a través de los distintos Caminos de Santiago para llegar a la meta establecida. Desde este punto de vista es desde lo que hace falta interpretar cada una de las fotografías que le dan forma a esta exposición.