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Cerrado
Todos los lunes del año
1 y 6 de enero
1 de mayo
24, 25 y 31 de diciembre
Praza das Praterías, 2.
15704 Santiago de Compostela
El Camino de Santiago
Después de más de mil años de existencia del Camino de Santiago, podemos decir sin duda a equivocarnos que vive una nueva edad de oro. Motivos religiosos, culturales, artísticos, turísticos y hasta deportivos, muy distintos a los que movieron a los caminantes del medievo rescatan la ruta jacobea del ostracismo.
A lo largo de todo ese tiempo los símbolos que identificaban a los antiguos peregrinos han ido, lógicamente, cambiando. Atrás iban quedando la conocida capa con esclavina y el bordón en el que los hospitaleros realizaban una marca para saber cuántos días llevaba cada transeúnte en el refugio y las calabazas que hacían las veces de cantimplora. A cambio, nos han traído otros símbolos (mochilas, bermudas, modernos bastones de montaña…) que aunque no sean específicamente característicos del peregrino, nos sirven para identificarlo. Otros como la vieira perduran, manteniéndose como elemento que constata su estancia en la ciudad del Apóstol.
Sin embargo hay un espíritu común que permanece intacto con el paso de los siglos y es ese requerimiento que el Camino impone a todo aquel que lo emprende, es decir la exigencia de renovar el esfuerzo en cada etapa para llegar a la ansiada meta. Es precisamente, ese esfuerzo el que se retrata en esta exposición de fotografías de José Antonio Robés que con excepcional sensibilidad y eficacia ha sabido plasmar la historia de este legendario Camino y sus caminantes y los nuevos símbolos que hoy identifican la ruta jacobea.
Más allá del espacio y del tiempo, son la memoria y su relato los que van dando cuenta de los hechos. Lejos del lugar natal, todo parece nuevo, fascinante. La fe descansará en la poblada ruta de reliquias que como estelas luminosas marcan el camino. Para otros, más cercanos a los juegos de la curiosidad, serán otras las circunstancias que soliciten el empeño de sus ojos. Y al ritmo que los límites que separan el mundo sagrado del mundo real crezcan, entrará en juego un nuevo tipo de exotismo que relegará la peregrinación a un segundo plano frente a la primacía de la vida aventurera. Los ojos cambiarán y una mirada nueva escrutará las “maravillas del mundo” que Marco Polo o Jean Mandeville narrarán.
Lo que puede hoy considerarse historia, regresa bajo otras formas y rituales, hallando en las etapas del viejo Camino un nuevo lugar que cada uno interpreta desde las razones profundas de su disposición. Ya no somos ni vagabundos occitanos ni peregrinos cargados de fe con la que esperan hallar en el final del viaje la promesa de la salvación. T.S. Eliot lo recordaba al pensar la vida moderna como una forma de errancia sin templo, sin lugar salvífico al que acudir o en el que protegerse. El viaje vuelve a ser la forma que mejor expresa esa errancia, una forma de aventura en la que coinciden vivir y conocer. Iniciar hoy las largas etapas del Camino, de Roncesvalles a Compostela, es tanto como trasladar a la experiencia única que conlleva recorrer lugares, transitados un día por todos aquellos que entendieron la vida como peregrinación cristiana o aventura profana, a otro tiempo, el nuestro, regido por otras curiosidades y fantasías. Un tiempo que, al encontrarse con lugares que llevan la huella de otras historias, recrean la fascinación de una experiencia solitaria o compartida que la crónica fotográfica de Robés ha sabido registrar con excepcional sensibilidad y eficacia. A él le debemos la posibilidad de volver a recorrer el Camino que tejió una historia lejana que una y otra vez vuelve a ser recorrida como una historia próxima.
Francisco Jarauta